
Si la primera parte te supo a poco, prepárate. Tu infancia no fue una etapa, fue un máster intensivo de supervivencia analógica. Si pasaste por esto, mereces un monumento en la rotonda de tu pueblo.
Llamar a quien te gustaba era jugarte la vida.
Marcabas el número de memoria, porque entonces los números se sabían o no se llamaba, y te quedabas ahí, con el corazón en la garganta, esperando que lo cogiera esa persona.
Pero no.
Lo cogía su padre.
Con una voz que parecía salir de una cueva.
Y tú, con el cable rizado del teléfono enredado en el cuello, intentabas decir algo medio normal mientras pensabas: “tierra, trágame, pero trágame ya”.
No había visto, no había audios, no había mensajes cuidadosamente pensados.
Había un señor preguntando:
“¿De parte de quién?”
Y tu dignidad abandonando el cuerpo.
Todo esto, por supuesto, mientras tu madre gritaba desde la cocina:
“¡Cuelga ya, que tiene que llamar tu tía!”
Amar en los 80 no era ligar.
Era superar una prueba psicológica con testigos.
Sábados por la mañana: religión televisiva
Los sábados por la mañana no se negociaban.
Te levantabas en pijama, te plantabas en el sofá con el Cola Cao y allí te quedabas, como si fueran a retransmitir el aterrizaje en la Luna, pero con más pelos cardados y más brujas averías.
Nada de “luego lo veo”.
Luego no existía.
Si te perdías La Bola de Cristal, te la perdías y punto. Una semana entera con la duda, el vacío y esa sensación de que la vida había seguido sin ti.
Ir al baño era una decisión de riesgo. Parpadear, casi una temeridad. Y como alguien se pusiera delante de la tele justo en el momento importante, se abría una crisis familiar.
Eso sí que entrenaba la paciencia.
No el yoga.
No la meditación.
Esperar siete días para volver a ver tu programa favorito sin saber si alguien en clase te lo iba a destripar el lunes. Ahí se forjó el carácter.
Quiero mi cápsula del tiempo →
El Cola Cao frío: la guerra de los grumos
Había mañanas en las que no te apetecía esperar.
Querías tu Cola Cao ya, sin calentar la leche, sin complicarte la vida y sin pensar demasiado en las consecuencias.
Así que echabas las cucharadas en la leche fría con una confianza que hoy llamaríamos ingenuidad, pero entonces era pura fe infantil.
Y empezaba la batalla.
Removías.
Más fuerte.
Más rápido.
Con una determinación absurda, como si en algún momento aquello fuera a disolverse por respeto a tu esfuerzo.
Pero no.
El Cola Cao tenía sus propias normas.
Se quedaba ahí, flotando en la superficie, formando islas, montañas, continentes enteros de grumo seco que se negaban a integrarse en la sociedad.
Al final asumías la derrota con dignidad.
Bebías lo que podías y luego te comías los grumos con la cuchara, mirando al infinito, como quien ha perdido una guerra pero conserva el orgullo.
Porque el Cola Cao frío no era un desayuno.
Era una prueba de carácter.
Y, seamos sinceros, aquellos grumos nos dieron más felicidad que muchos postres modernos con nombre en francés.
El remate (con extra de brilli-brilli)
¿Te ha dado el subidón de nostalgia? Pues manda el Excel a paseo y vuelve a mancharte las manos. Nuestros mandalas ochenteros son tu cápsula del tiempo para volver a cuando todo era más físico, más neón y bastante más divertido.
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