Si creciste sin Wi Fi, sin mando a distancia y con Mercromina en las rodillas, no tuviste infancia: tuviste entrenamiento de élite.
¿Has intentado alguna vez explicarle a un niño de hoy cómo era la vida antes del Wi Fi, antes de Spotify y antes de hacer 47 fotos para elegir una?
Es complicado. Te miran como si les estuvieras contando que ibas al cole montada en un diplodocus.
Pero no. Ibas andando. Con el bocadillo en una mano, la mochila pesando como una mudanza y una dignidad bastante discutible.
Si creciste en los 80, sobreviviste a una época maravillosa, absurda y ligeramente peligrosa. Y por eso hoy venimos a recordarte varias pruebas irrefutables de que eres una auténtica leyenda del barrio.
1. El mando a distancia eras tú 📺
Antes de Netflix, antes de las plataformas y antes incluso de discutir media hora para no ver nada, había una cosa llamada levantarse del sofá.
La tele tenía dos canales, con suerte, y para cambiar había que acercarse hasta el aparato y girar aquella ruletita con su glorioso “clac clac”.
Si tu padre decía: “Pon la segunda”, tú ibas.
Si luego decía: “Ahora la primera”, tú volvías.
No teníamos mando a distancia.
Éramos el mando a distancia.
Y además funcionábamos sin pilas, sin bluetooth y sin pedir actualizaciones cada tres días.
2. El verdadero CrossFit era rebobinar una cinta con un Bic 🖊️
La generación de ahora no sabe lo que es amar una canción y tener que ganártela físicamente.
Porque en los 80 escuchar música no era darle a un botón. Era convivir con una cinta de casete que se liaba, se mordía, se arrugaba y a veces parecía odiarte a título personal.
Y entonces entraba en escena el gran héroe silencioso de nuestra infancia: el boli Bic naranja.
Meterlo en el agujerito del casete y rebobinar con la muñeca era nuestro gimnasio.
Antebrazo, paciencia y una fe ciega en que aquello no acabara devorando para siempre tu canción favorita.
Eso sí era esfuerzo.
No hacer sentadillas en una esterilla con música motivacional de fondo.
3. La Mercromina era nuestro filtro rojo 🔴
Hoy un niño se roza una rodilla y se activa un protocolo casi hospitalario.
En los 80 no.
Te caías. Llorabas treinta segundos. Aparecía tu madre con Mercromina. Te pintaba media pierna de rojo como si fueras una obra de arte expresionista y te soltaba un soplido que, según la ciencia materna de la época, lo curaba absolutamente todo.
Y venga, otra vez a la calle.
Llevar las rodillas rojas en verano no era una desgracia.
Era básicamente una medalla al mérito infantil.
4. Hacer fotos era vivir peligrosamente 📸
Ahora haces 86 fotos de un café y luego eliges la menos ofensiva.
Antes no.
Antes cada foto era una decisión de Estado. Tenías un carrete de 24 o 36 y más te valía no malgastarlo, porque luego había que revelarlo y esperar varios días para descubrir la verdad.
La verdad solía ser esta:
en la mejor foto de las vacaciones salías con los ojos cerrados, tu primo cortado por la mitad o un dedo tamaño paellera tapando medio objetivo.
Había intriga. Había suspense. Había decepción.
Vamos, una experiencia completa.
5. Las gomas de borrar olían mejor que muchos postres 🍦
No vamos a fingir que éramos personas sensatas.
Si en tu estuche había una goma Milan con olor a nata, a fresa o a algo sospechosamente parecido a un pastel, tú también te acercaste a olerla más de la cuenta.
Y seguramente también pensaste, aunque solo fuera un segundo:
“Esto igual sabe mejor de lo que borra”.
No era una goma.
Era alta gastronomía escolar.
Todavía no hemos conseguido meter ese olor en nuestro libro, aunque tiempo al tiempo. Pero sí hemos elegido un papel de esos que apetece tocar, porque la nostalgia también entra por los dedos.

Y esto es solo el principio…
Podríamos seguir hablando del bocadillo envuelto en papel de aluminio, de grabar canciones de la radio rezando para que el locutor no hablara encima, o de aquel momento glorioso en el que salir a jugar consistía simplemente en bajar.
Sin ubicación compartida.
Sin grupo de WhatsApp.
Sin batería al 12 por ciento.
Solo calle, pandilla e intuición.
Quizá crecimos sin Wi Fi, pero crecimos con imaginación, con costras, con cintas rebobinadas a mano y con una capacidad admirable para sobrevivir al caos sin tutoriales.
No está mal como currículo vital.
¿Te ha entrado el temblor nostálgico?
Entonces date una vuelta por nuestros mandalas ochenteros.
Los hemos hecho justo para eso: para volver un rato a aquella época en la que todo era más analógico, más cutre, más improvisado… y, siendo sinceros, bastante más divertido.
Porque crecer en los 80 no fue solo una etapa.
Fue una prueba de carácter.
Y aquí estamos. Con recuerdos gloriosos, algún trauma perfectamente funcional y muchas ganas de colorearlo todo.


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